El 6 de junio de 2003, en el Teatro de la Ciudad se realizó un peculiar concierto en el que, ante una sala prácticamente vacía, se presentó Víctor Mendoza, un vibrafonista y compositor mexicano que, por desgracia, muy pocos parecían conocer entonces en su propio país. Por suerte, eso ha cambiado.

Víctor Mendoza nació en Chihuahua, pero a los once años emigró a Nuevo México, donde inició su vida musical con las enseñanzas de su padre, el guitarrista Antonio Mendoza. El vibrafonista desarrolló su carrera como catedrático de Berklee College of Music, en Boston, donde fue maestro de Antonio Sánchez. Ha tocado con figuras como Paquito de Rivera, George Garzone, Claudio Roditi y Lee Konitz; y de esta forma, ha puesto en alto, a nivel internacional, el nombre de México en el ámbito del jazz latino. En 2011 fue nombrado director del Contemporary Studio Performance Graduate Program de Berklee, campus Valencia.

Pero Víctor Mendoza no sólo es un intérprete reconocido mundialmente, también es un compositor capaz de entretejer distintos estilos y lenguajes para crear temas de una belleza insondable.

Maestro, la música puede ser compleja, pero tiene que conmover, tiene que crear emociones. Sus composiciones logran esto y, además, poseen un alto grado de sofisticación debido a que usted ha estudiado, entre otros, el lenguaje contemporáneo. ¿Cómo compaginó los lenguajes?

“Llegué a la conclusión de que cada música se tiene que aprender y analizar conociendo obras y entendiendo cómo funciona la parte melódica, la parte armónica y la rítmica. Con las obras de Philip Glass, que es contemporáneo… —bueno, ya no tanto (risas)—, mucha gente se preguntó ‘¿Qué es eso?’. Después de Bach o Mozart, siempre vino algo más, como el romanticismo. La gente preguntaba también ‘¿Qué es eso?’, pero lo nuevo le gustaba, así que lo aceptaba. Luego, incluso en el jazz nos acostumbramos a escuchar lo tradicional, pero después llegó Wayne Shorter, y otra vez la gente se preguntó ‘¿De qué se trata?’. Lo que sí sabemos, por ejemplo, es que Shorter escuchaba mucho a Stravinski, por eso lo importante es la inquietud del músico. Yo no me había dado cuenta de que estaba mezclando los lenguajes, lo único que quería era no repetir lo mismo, por esto tengo esa inquietud de ir a escuchar otras cosas, y si veo algo que me llama la atención, me compro la grabación, la escucho o como sea, y si no hay partitura, transcribo la música y la analizo hasta entenderla. Al final, la toco para poder tenerla en las manos porque, en los libros se ve muy bonita, pero el músico necesita dominarla bien para poder reproducirla. Es como un pintor que crea cierto color, y cuando le preguntan, ‘¿Cómo lo lograste?’, sólo responde: ‘Hice esto o aquello y ahora puedo usar este color con otros”. Se oye un poco simple, pero realmente es eso.”

¿A qué compositores contemporáneos o qué música ha estado escuchando últimamente?

“Bueno, empezando por el jazz, hay gente muy interesante. Está la música de Avishai Cohen, que me gusta muchísimo. Es curioso porque, cuando me acerqué a saludarlo, no me esperaba que me reconociera y gritara ‘¡Víctor!’. Me pareció curioso porque parte de mi familia es judía, mis hijos son judíos. Por eso también me acostumbré a los cantos hebreos. Mi exmujer llevaba a mis hijos a la sinagoga, y mientras los demás cantaban, yo estaba analizando la música. Me decían ‘¡Estás pensando en la música!’, y yo contestaba: ‘¡No, no, nada más quería ver en qué escala estaba cantando la muchacha!’. Yo quería ver cómo resolvían las frases, y claro, luego me iba a casa y estudiaba. La música de Avishai tiene todos esos colores de la música hebrea. A mí me gustó porque en ella surge la música sefardita, la cual me gusta y he escuchado por otras razones también. Luego, todo esto lo combinan con la música clásica. Otra cosa importante es que, como mucha de esta música también es de origen polaco, pues también incluye a Chopin, y claro, la combinación es un enigma de colores que te puede volver loco, cosa que yo disfruto mucho. También es curioso que, aunque la música es fácil de digerir, si entras a analizar las raíces, todo se vuelve muy complejo. Hay que estudiarlo a fondo.”

Una sola frase musical puede contener un país, una región completa, ¿no?

“¡Sí, sí, totalmente! Ahora, por ejemplo, también hay ciertos compositores japoneses que me llaman mucho la atención, y en China también. Tuve una alumna china que combinaba mucho los lenguajes. Ella misma me comentó que le encantaba lo que ha estado ocurriendo culturalmente en el mundo. Por un lado, la gente defiende su identidad, y por otro, le encanta mezclar. Estados Unidos tiene muchos conflictos en este aspecto, pero según mi alumna, en China, por ejemplo, la noción de la muerte es un tabú y, en su opinión, su gente no sabe cómo asumirla. Yo le regalé en ese tiempo una calaverita mexicana y ella me preguntó qué era. Se metió a Internet para investigar sobre el Día de Muertos, y le fascinó. ‘¿Por qué lo hacen?’, me preguntó. Pues porque asumimos bien la muerte y es parte de la vida también, creo que estas costumbres nos enseñan a comportarnos mientras estamos vivos. Después de esto, mi alumna empezó a componer unas obras en las que utilizaba armonías típicas chinas, ya sabes, pentatónicas y ese tipo de sonido, pero también cambió las melodías un poco de la manera en que le enseñé, y usó ritmos atípicos en China. De hecho, su tesis se centró en una exploración sobre cómo asumir la muerte de una forma más natural, y lo que le enseñé acerca de las calaveras tuvo un fuerte impacto en ella musicalmente hablando. Es interesante, ¿no? Por eso ella analizaba y copiaba otras músicas.

También hay una chica pianista y compositora de Hong Kong que se metió a estudiar el lenguaje musical latino como loca. Estudió conmigo todo el año y luego empezó a combinarlo con música china tradicional y con el jazz. Su tesis eran obras clásicas, pero modificadas. ¡Hizo mambos con obras de Mozart!

Buena parte de lo contemporáneo que escucho, en realidad son obras de mis estudiantes porque son muy buenos.”

Maestro, lo veo a usted como una suerte de embajador. Con la delicada situación que viven actualmente los latinos en Estados Unidos, ¿siente que hay un peso político en sus acciones… o no del todo? ¿Le importa?

“¡No, claro! Es algo que me importa muchísimo. Muchísimo. Antes yo no pensaba en esto nunca, sólo era músico y tocaba, pero un buen día, en Alemania, en 1997, estaba en un festival. La sala estaba llena y anunciaron a cada uno de los músicos. Cuando me anunciaron a mí, una mujer al fondo del auditorio gritó: ‘¡Que viva México!’. En ese instante sentí… ¡Wow! Toda la gente empezó a aplaudir. Al final, la señora se acercó llorando y me dijo: ‘¡Qué forma de representarnos! ¡Qué orgullo!’. Entonces me di cuenta de que yo no era nada más yo solamente, sino que estaba llevando a mi país conmigo.”

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