La edición 2017 del Riviera Maya Jazz Festival es cita obligada en la agenda musical de México y el mundo. Así, sin más hay que decirlo. Durante estos años la exigencia que significó consolidar a la par del factor artístico el de producción técnica, puso al Festival en el mapa del turismo cultural y la melomanía.

Para sus quince años la mezcla de estilos convocados pasaron del hip hop, urbano, al blues, big band, el latin jazz y el bebop, jornada sonora dedicada también en homenaje a uno de sus fundadores y director artístico, Fernando Toussaint, a quien con la actuación de Señor Vitalis (ex integrantes de Aguamala) y la convocatoria ex profeso de Palmera con la participación especial de Cecilia Toussaint, se dio play a esta evento internacional de tres días que sublima el placer de escuchar la música en vivo por su escenario a un costado del vaivén del oleaje turquesa de Playa Mamitas.

Edición histórica, supuso el adiós de los escenarios de John McLaughlin, referente del jazz fusión y el progresivo; así mismo, indicó la pausa como dúo de Illya Kuryaki and the Valderramas y también cumplir el anhelo de tocar sobre su entarimado para la dupla de Béla Fleck y Chick Corea quienes ejecutaron piezas del álbum que les reunió el año pasado, “The Enchantment”; al igual que para el quinteto de Wallace Roney, quien fuera discípulo de Miles Davis, agrupación que capturó los sentidos de la concurrencia en un recital magistral de bebop.

Sesión de contrastes, como las condiciones del clima que –como ya hacía tiempo no ocurría- exigió a la producción técnica sus arrestos para lidiar con la lluvia copiosa que irrumpió en los tres días de su duración y que a la postre fuese motivo para la cancelación de Bobby McFerrin, quien hubiera cerrado el Festival y a quien ya sólo pudimos escuchar tras su espontánea intervención acompañando a Béla Fleck y Chick Corea.

En la memoria quedará, como otro de esos momentos clímax del Festival, la actuación de McLaughlin, el previo que hiciera la banda de Jimmy Herring fue preludio de una velada emotiva, electrizante en la que se homenajeó al colega y amigo Paco de Lucía, su  flamenco hecho jazz fusión y, luego, la evocación a tope del repertorio de la Mahavishnu Orchestra.

Junto a estos, las presentaciones de la cantante Steffie Beltt, quien aprovechó como pocos la oportunidad de tener ese escenario para abordar un repertorio de clásicos del blues al tiempo que hizo espacio para presentar el proyecto de su autoría, esto durante el segundó día; en el mismo orden de acción, la Memo Ruíz Bolero Jazz Big Band redondeó el planteamiento artístico de un festival que se ha caracterizado por abordar una gama de estilos amplia, con exponentes de la escena local nacional e internacional, que le permita al público que gratuitamente acude a Playa del Carmen, someterse a una experiencia cultural única en la que su conocimiento o no del jazz no determina de forma ortodoxa su goce, sino al contrario, permite a este degustar la convocatoria sonora desde su esencia: lo popular; siendo así el pretexto que hila lo que ocurre entre un artista y el que le sigue.

Al exponer esto último vienen a mí cabeza dos de los que me parecen aportes y ejemplos del Festival: la formación de público y respeto hacia lo distinto –en el inter, la acertada tarea de activar el turismo cultural a través de la música- y la calidad técnica en la producción de un evento que exige excelencia en el orden de cosas que demanda la industria del espectáculo de talla mundial –entendamos, en este Festival han tocado iconos de la música de todos los tiempos-; en el cumplimiento cabal de lo que demanda su desenvolvimiento sobre el escenario está una de las razones que lo tienen como referente en la agenda musical del planeta.

Y justo tener estas dos cosas en armonía, lo artístico y lo técnico, es la clave de todo. De tan “perfecto” que debe ser el accionar de ese binomio depende el beneplácito del público. Que no se nos olvide. “Perfecto” por imperceptible para el que aplaude debe ser que el músico la pase bien sobre el entarimado. Si eso falla, malo, todo malo. Que no haya sitio para el imprevisto y que, de aparecerse, se atienda con eficiencia y prestancia. Los staff de producción de este país así lo hacen; Playa Mamitas fue contundente ejemplo de ello.

El anhelo es que esa exigencia persista y se den todas las facilidades y atención de imprevistos para que las empresas de producción que tomen la realización artística y técnica del Riviera Maya Jazz Festival – como han sido LAP Entertainment y en los últimos dos años, Escénika-, dispongan con antelación de los recursos humanos, financieros y técnicos que mantengan ese nivel de cumplimiento para los artistas locales e internacionales; no es casualidad que este Festival hiciera como su principal herramienta de publicidad, el pasar de boca en boca la experiencia de quienes han pisado su escenario.

Ése es éxito del accionar del Fideicomiso de Promoción Turística de la Riviera Maya que dirige el Ingeniero Darío Flota y quienes como, Fernando Toussaint (q.e.p.d.), Mili Ballesteros y Alonso Rojas desde la coordinación artística, lograron reunir a los mejores equipos de trabajo que la industria del entretenimiento mexicano haya visto para hacer de este proyecto un referente para el mundo. Que nos quede presente siempre que de tal manera se han hecho las cosas en Playa Mamitas que, un artista de la trayectoria de John McLaughlin quiso culminar su carrera ahí. Es obligación nuestra mantener el nivel en ese punto; sin obviar, sin bajar la guardia. Haciendo lo más complicado que es trabajar en equipo. 

Que venga la décimo sexta y que no haya forma de parar el ¡lo volvimos a hacer! 

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