Por | Marisol Pacheco

Pepe Hernández está en los créditos de grabaciones para artistas consagrados (nacionales e internacionales) de al menos cuatro generaciones: José José, Emmanuel, Vikki Carr, Eugenia León, Guadalupe Pineda, Armando Manzanero, Tania Libertad, Mijares, Luis Miguel, Alejandro Fernández, Benny, Flans, Pandora, Francisco Céspedes, Kalimba, David Bisbal, Diego Torres, Diego ‘El Cigala’ y Reyli.

Las líneas y toque de su bajo coexisten entre el funk, el groove, el jazz y los ritmos afro latinos. Poseedor de oído absoluto, recibió las primeras notas musicales de su padre y posteriormente las depuró en el Conservatorio de Música y Declamación de Puebla, el Conservatorio Nacional y la Escuela Libre de Música José F. Vázquez; mas sería su paso por Nueva York, la vivencia que marcaría su vida profesional, pues además de haber ido con contrato arreglado para tocar con su banda de funk Grupo Caliente (con su hermano Nando Hernández, Hugo Jiménez, Víctor y Pancho Loyo), amplió sus conocimientos en composición con Rick Laird y de contrabajo con Lev Zagevinzky y, todavía más significativo, le llevó permitió conocer y convivir con uno de sus héroes: Jaco Pastorius. Las causalidades de la vida.

Más de 400 álbumes ya sea como bajista, compositor, arreglista y productor: “ése fue mi sueño, ser un músico de sesión”, afirma el oriundo de Acapulco con su característica sonrisa de oreja a oreja, al calor de un desayuno en su departamento que él ha preparado y servido para amenizar la evocación de los momentos clave en su quehacer como side man en el estudio de grabación y en las giras (viendo trabajar el arreglo al momento de su creación por gente como Jesús Chucho Ferrer, Bebu Silvetti, Tito Geiser, Eduardo Magallanes), y que en los últimos años se ha encontrado el espacio para dar luz a sus propias inquietudes como front man, siendo el CD+DVD Mestizos la más reciente entrega.

Tipo amable, amante de su oficio, conciliador, con gran sentido del humor y predicador de la excelencia, Pepe ha sabido decantar estos atributos al servicio de la música, manteniéndose vigente al paso de los años y cediendo su estafeta a las nuevas generaciones para mantener en lo más alto el nivel de los músicos de sesión mexicanos.

Pepe, has podido vivir de la música y ésta llegó a ti desde muy joven, ¿fue circunstancial? 

“Vengo de una familia de músicos: mi abuelo y mi padre son bateristas, mi mamá cantaba, mis tíos tocaban en tríos y así. Entonces, la consecuencia lógica era que yo fuese músico pero había un problema: no quería que me enseñara mi padre porque, mmm, digamos que tenía unos métodos no tan ortodoxos (risas), sin embargo, desde los ocho años nos puso a aprender algo de solfeo y a tocar la batería. Estando en la secundaria, tuve a mal reprobar una materia y eso me convirtió en la oveja negra de la familia porque en los Hernández el tema de la excelencia académica era cosa de tradición. Mi padre no sabia qué iba a ser de mí. Digo, exageraba un poco, pero de verdad estaba preocupado. Su solución fue mandarme a estudiar al Conservatorio de Puebla”.

“En su momento, eso fue difícil porque yo era un adolescente que ya tenía su banda allá en Acapulco y eran los tiempos de esplendor del puerto, imagínate. Lo cierto es que no fue un problema porque siempre me gustó la música. Lo que no quería era aprender con mi papá; pero no se mal entienda, en casa amábamos la música se oían muchos géneros, Tower of Power, James Brown, Billy Cobham, las big bands, en fin, mucha música y hablar de ella en familia era lo máximo. Yo me fui contento a Puebla antes de cumplir los 18 años. Mi padre se emocionó tanto cuando supo que tenía oído absoluto: me ponía a sacar las notas y lloraba; yo creo que sentía un enorme alivio de ver que no era un caso perdido (risas)”.

“De ahí pasé al Conservatorio Nacional y luego a la Escuela Libre de Música; de vuelta a Acapulco tomé cursos de armonía junto con mi hermano y mi padre; para entonces ya tocaba con un grupo y cobraba. Yo, fascinado”.

¿Cómo hiciste para instalarte en la agenda de los productores y de plano ya no salir de los estudios de grabación? 

“Eso se lo debo a mi estancia en Nueva York. Estando en Acapulco hice con mi hermano Nando, los hermanos Loyo (Pancho y Víctor) y Horacio una banda de funk llamada Grupo Caliente. Un día nos vio una persona que era uno de los dueños de un restaurante griego-judío en Nueva York. Le gustó lo que hacíamos y nos contrató para ir a tocar allá. Era una cosa brutal: entrábamos a las ocho de la noche y terminábamos muy de madrugada. Pero éramos jóvenes, veintitantos años, y teníamos un salario fijo que nos permitía pagar una renta, estudiar e ir a conciertos ¡en la Gran Manzana! Era un sueño”.

“Esa fue la experiencia definitiva en mi carrera como músico, totalmente. Vivir en Nueva York es duro, es una ciudad cruel y de gran exigencia en todo sentido. Si eres músico te obliga a ser resistente porque el nivel de aquellos es altísimo. Por ejemplo, para ser parte de los musicales en Broadway, las audiciones eran durísimas. Recuerdo una a la que fui y cuando llegué con el bajo, me preguntaron por la tuba ¡porque resultaba que el bajista también doblaba a la tuba y el contrabajo! Me dieron chance de tocar pero no me quedé. Allá, si te invitan a un gig y te ponen a leer y te equivocas, olvídate, ya no te vuelven a llamar. El nivel de ejecución y excelencia es tremendo. En esa ciudad a los músicos no les queda de otra más que estudiar, estudiar y estudiar.  Y eso hicimos: estudié composición con Rick Laird y tomaba clases de contrabajo con Lev Zagevinzky”. 

“Nueva York te embruja para lo bueno y lo malo; depende de ti cómo le sacas provecho. Yo me quedé más de año y medio pero mira, Horacio y los Loyo no volvieron y hoy sus carreras están en lo top, también como músicos de sesión. De vuelta a México, pues fue curioso porque nos empezaron a identificar como “los que fuimos a estudiar a Nueva York”, y eso nos abrió las puertas en los estudios. Fue increíble. Además, también marcó mi vida porque me dio la oportunidad de convivir muuuuuy de cerca con Jaco Pastorius”…

Detalla, ¿qué te dejó ese encuentro en lo personal y como músico?

“Mi maestro de contrabajo fue el que nos dijo que los lunes estaban tocando a dueto Marcus Miller y Jaco Pastorius en el 55th Grand. Claro que nos fuimos no una, muchas veces. Fue único porque no había mucha gente y solíamos quedarnos al final a platicar a solas con Jaco, entre otras cosas él estaba dándole clases de box al hijo de Mike Stern y compartía con él su departamento, justo arriba del 55th. Un día se subió y dejó su Fender Jazz Bass ahí solito, como por tres horas. Yo lo tomé y de verdad, tocar su instrumento fue una gran inspiración para mí, le aprendí muchas cosas: él usaba la acción muy bajita y las cuerdas sumamente pegadas al diapasón. Desde entonces yo utilizo esa acción también. Lo vi muchas veces, le pedí autógrafos e incluso quería que le diera una ediciones japonesas que yo tenía de sus discos (risas). Era muy sencillo… Inolvidable”.

Ahora sí, dinos cómo eran esas jornadas de grabación ya de vuelta en México.

“Al regresar primero tomé el curso completo de armonía con Nacho Gutiérrez, que me ayudó muchísimo. Y entonces me avoqué a desarrollar mi carrera como músico de sesión y side man. Me tocó una etapa maravillosa en México, el final de los años ochenta y principios de los noventa, tiempos en que acá se grababan discos todos los días. La jornada semanal era: lunes, salía de la grabación de un jingle a las 11 de la mañana para luego ir hasta el otro lado de la ciudad a grabar cuatro temas para Guadalupe Pineda y luego irme con Bebu Silvetti a hacer otras dos canciones. Martes, un disco con Peque Rosino y en la tarde irme con Tino Geiser a grabar otro en RCA con Chucho Ferrer; miércoles, otro con Eduardo Magallanes y así.. Además de que ganabas muy bien, era maravilloso porque estabas con la elite de los músicos de sesión”.

¿A qué retos se enfrenta el músico de sesión?

“Ser músico de sesión es muy delicado porque, por un lado, no requiere virtuosismo como condición; es decir, a veces se te pide que saques cosas muy complejas como me tocó a mí en Broadway, pero más que nada, requiere que tengas un nivel de interpretación e interrelación que permita sacar el sonido que se te pide desde la primera toma, pues a veces es la única oportunidad que tienes. Entonces tienes que estar con buen sonido, equipo, gran toque al percutir el instrumento y también demanda una muy buena actitud para colaborar con los demás músicos a que eso que estás haciendo, sea un cimiento sólido para que el cantante ponga su voz y venda discos. Yo he sido más que privilegiado porque ese fue mi sueño: ser un músico de sesión y desde entonces no ha habido algo que no se me cumpla”.

Citaste nombres icono en México en el tema de arreglos y producción musical en general (Chucho Ferrer, Bebu Silvetti), ¿qué aprendiste de ellos?

“De don Chucho Ferrer me quedó grabadísimo un consejo que me dio a mis 23 años. Estábamos haciendo un disco de Humberto Cravioto y Angélica María por la mañana, y en las tardes uno de Marco Antonio Muñiz. En los descansos veíamos a Chucho hacer los arreglos desde cero, una cosa de locos, maravillosa”.

“Bien, algo no le convencía de lo que hacíamos para el de Angélica y nos pidió a mi hermano, a Rudy Sánchez (que estaba en la batería) y a mí, que tocáramos algo que nos prendiera, un blues, un jazz… algo. No nos salió y entonces nos dijo: “pocas mentes inteligentes aprenden de sus propios errores, pero muy pocas mentes brillantes aprenden de los errores de los demás. Grábense esto, aprendan de lo que le pase a los demás para que no les pase a ustedes. Moraleja: ¡pónganse a estudiar! (risas). Así, en cualquier situación musical, resuelven”. Si te dicen eso cuando estás empezando tu carrera de músico de estudio, te están dando las armas para que te avientes de la Quebrada sin problemas”.

Pues hablemos de eso, ¿cómo te mantienes en forma respecto a tu ejecución?

“Aunque tengo mi ritual de calentamiento porque mi instrumento es muy físico, lo que hago siempre es tratar de componer música, de saciar mi morbo por combinar notas y hacer algo que tenga sentido y feeling. Entonces amo el proceso de crear y dedico una hora obligada al piano para ello… salvo cuando vienen a desayunar a mi casa (risas). Cuando no ocurre así es que se me atravesó el bajo y me puse a buscar notas o voy directo a mi estación MIDI donde tengo mi Pro Tools , tengo mis plug ins y mis galerías de instrumentos virtuales como la Miroslav y la de la Vienna Philharmonic. Eso lo tengo que hacer diario porque si no me siento mal conmigo mismo”.

¿Al cobijo de qué bajos has construido tu estilo?

“El primero que tuve me lo compró mi papá, un Yamaha de segundo uso que no sonaba tan bien pero me dejó hacer mis primeras tocadas. Luego tuve un Fender Precission y paralelamente, mandé hacer uno con Carlos Carbajal que todavía tengo. En Nueva York me deschongué: por supuesto me hice de un Jazz Bass, luego un Spector y con ése grabé más de 100 discos y como 200 jingles. Fui desarrollando una manía ya obsesiva por el tono, el timbre, el color y difícilmente estoy contento al 100 por ciento, lo cual es malo te lo confieso, pero siempre estoy en la búsqueda de que cada nota salga clara y diga lo que yo realmente quiero decir”.

“Por la naturaleza de mi trabajo siempre tuve varios instrumentos porque a veces el productor no sabe lo que quiere o lo que te pide pero por estar en ‘onda’ sale con cosas como ‘ey, quiero un sonido inglés’, ahí usas la psicología y le dices, ‘ah claro, lo que necesitas es éste’ y sacas cualquiera de tus bajos porque el que suena eres tú. Eso lo aprendí de Abraham Laboriel porque él usa la misma configuración en sus 40 bajos. Complaces un poquito a los productores”.

“Hoy tengo los RKM, los TRB de Yamaha sumamente versátiles y confiables; unos hechos por lauderos, uno acapulqueño Germain, se llaman GreyMan y otros por Rick Núñez; y unos que recién adquirí de origen francés Paul Lairat de una laudería increíble cuyo sonido me encanta. Están por llegarme dos Skjold y un Fodera”.

¿Qué usas de amplificación, cuerdas y efectos para armar tu sonido?

“En amplificación no ha sido fácil porque a veces ganas en potencia y pierdes en definición. Yo prefiero que pase justo lo contrario y para ello he notado que las bocinas, mientras más chicas hacen que viaje más rápido la frecuencia y eso te da mayor claridad y definición. Estuve usando por casi 20 años, cajas de diez pulgadas, mi TC Electronic así las tiene. Pero, recién di con unas de Phil Jones en las que son de cinco pulgadas y la definición es increíble. La ventaja de TC Electronic es que combina ambos, sin dar ese sonido coloreado lleno de graves y agudos; amplifica lo que tu mandas, además es un caballo de gran potencia. También acabo de descubrir los de Epifani que hasta ahora me parece la combinación de estos dos últimos, me encanta”.

“Las cuerdas son, sin duda, la parte vital de mi sonido. Por 21 años usé Ken Smith hasta que un día Jaime de la Parra me recomendó con Taurino Quezada y él me dejó usar las Jimmy Wess, fuimos a la fábrica y ahí, tal cual, me ayudó a traducir lo que en materiales necesitaba para mi forma de tocar con suavidad y que mantengan el sustain. las probé y no podía creerlo: la nitidez en el sustain me fascinó. Ahora tengo de níquel y acero en el calibre raro que uso y me duran una eternidad”.

“De efectos tengo una barbaridad pero básicamente lo que ocupo son un looper, delay, chorus, un octavador y compresión, además de tres multi efectos y pre amps todo pasado por un alimentador Furman”.

¿Qué hay de los in ears, cómo te has adaptado a ellos?

“Yo vivo una dualidad muy padre al respecto. Cuando toco con Emmanuel, Sergio Zenteno tiene a bien ponerme uno o dos monitores Nexo a piso y no uso in ear. La paso increíble pues todo es más orgánico. Por otro lado, con Pandora, los in ears son la opción. Le padezco un poco, la verdad, pero tengo unos Shure SE 535 de tres vías muy buenos, sólo que mi sensación no es la misma, extraño la referencia instrumental, pero te acostumbras. Eso sí, con mi banda vamos con monitor a piso”.

Hoy eres también front man. Tu trabajo en solitario destaca por ser un explorador del ritmo, así del groove como del jazz, y que además lo haces desde la raíz de nuestra música tradicional y los ejes que comparte lo afrocaribeño… 

“Sí totalmente. Yo hago mucho hincapié en eso porque me molesta la visión de negar, especialmente en América Latina, que somos resultado de un mestizaje cultural en todo sentido y que por ende, lo puro per sé se diluye y no permite la evolución. Creo que debemos incorporara

colores, sabores, texturas y hacerlo apostado por otros ritmos y métricas”.

“Y sí, eso une mi trabajo como compositor y se nota en los tres pero sobre todo en Mestizos. Creo sinceramente en la evolución y ahora ya estoy alistando un disco sinfónico y otro de big band con música original y con cantantes. Tengo por ahí guardado otro de latin jazz con una dotación de nueve metales ya listo para grabarse, mucho pop y quiero hacer un disco de ska, reggae y latin funk pero bien hecho. Es música hermosa y me entusiasma mucho poder concretar algo así, simplemente para pasarla bien porque al final de ahí viene lo que transmites.

Finalmente, en varios sentidos eres un ejemplo de cómo hacer que tu carrera como músico trascienda en básicos como tener tu press kit hasta cosas más complejas como armar un adecuado staff de producción para grabar un disco, armar una gira, contactar a las marcas cuyo equipamiento te gusta… Comparte consejos básicos para tener al día esto y una reflexión sobre cómo afecta ello en esta carrera

“Lo primero me parece que es la excelencia. Vengo de una familia de músicos donde se nos inculcó hacer bien las cosas; no podías ser mediocre; eso ha sido una disciplina en mi vida.

Buscar aprender. Yo me identificaba con los grandes arreglistas porque tenía disposición para escucharles y atender sus consejos y observaciones. Además de los que ya mencionamos, pude trabajar con gente como el arreglista de Quincy Jones, que cada que venía me buscaba a mí.

Juntar un equipo de trabajo que aspire a lo máximo al igual que tú. Yo encontré un diamante en Grisel Lazcano que además de ser mi manager, es ingeniera de audio y administradora de empresas, pero sobre todo, comparte conmigo que las cosas se tienes que hacer bien y dar el 100 por ciento. Uno no sabe si lo que hacemos va a trascender o no pero sí he visto que he sido inspiración para que otros no hagan un disco de tres pesos, que lo hagan bien y eso me llena el alma”.

“En esta carrera necesitas convergencias todo el tiempo. Ahí están los patrocinios que son producto uno, de tu responsabilidad con tu arte y luego de tu don de relación. Pero son metas intermedias, nunca debe ser el fin. Yo tengo la bendición de ser apoyado por varias marcas y con varios de los contactos de éstas llevo una relación bellísima. Te conté de Taurino Quezada de Jimmy Wess, puedo decir lo mismo de Antonio Manzo de Yamaha, de Laura Delgado de Shure, gente que además entiende perfecto que no estás atado a ellos y que no se limita al trabajo de oficina: te buscan en el escenario y te preguntan para qué necesitas tal equipo, porque la prioridad es desarrollar tu personalidad como artista”.

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