“Andale niño, haz algo con tu tiempo libre”. Ahí las instrucciones que recibió de sus padres cuando contaba con nueve años de edad, una orden que acató para encontrarse con la guitarra, ese trozo de madera con cuerdas y clavijas al que le dedicaría el resto de su vida. “Hago música para expresar cosas inexplicables: el amor, el peligro, la fantasía. La música –ese movimiento de moléculas- me ayuda a expresar lo que el lenguaje verbal no me permite”, cuenta Alejandro Marcovich a décadas de que por vez primera abrazara su instrumento para así desatar nudos en las gargantas de miles. Porque, efectivamente, como el artista explica, sus solos tienen una voz, lo que sus manos trazan entre pastillas se puede cantar. ¿Quién diría que el tiempo libre de aquel niño se transformaría en pasajes guitarrísticos como los de “Aquí no es así” o “Afuera”, quién vaticinaría que lo que ese infante amasaría en sus palmas sería el canto eléctrico latinoamericano?

La encrucijada

“Se me metió un bichito en la cabeza. Crear una guitarra eléctrica que tuviera toda la potencia del rock, con el amplificador a diez, pero cuyas melodías poseyeran el folclor latinoamericano, la música que corre por mis venas”. El nacido en Argentina elude la palabra sueño, prefiere hablar de proyectos, y el citado fue justo el que comenzó a hilar cuando estudiaba Física en la UNAM y, paralelamente, tomaba clases en la Escuela Superior de Música del INBA. “Estaba en una encrucijada”, relata el guitarrista, “entonces tenía 23 años de edad; podía seguir con mi carrera de físico y luego hacer una Maestría y un Doctorado, pero mis ganas por crear me desbordaban, todo el tiempo estaba pensando en música. Tomé una decisión y se acabó, dejé la Física”. Que el bonaerense tuviera la cabeza tapizada con acordes y riffs no era fortuito. Se crió en su tierra natal escuchando a Los Chalchaleros y Atahualpa Yupanqui, heredando el gusto de sus padres tangueros y tomando clases de guitarra; “Como si fuera Guitarra Fácil, pero en persona, tuve dos maestros que me escribían las letras de canciones como “Camino del indio”; en la silaba correcta me indicaban cuál acorde iba, lo dibujaban y le ponían su nombre”.

Esa formación resultaría determinante para el músico una vez que se mudó a México, pues aquel bagaje se cruzaría con el espectro sonoro azteca. “Llegué a este país con quince años de edad, y lo hice para encontrarme con el cancionero de Esperón y Cortázar, y con Rigo Tovar y José José, y con las marimbas, el arpa veracruzana y los tríos. No sabía si había llegado para quedarme, pero sí que me enamoré. ¿Qué hubiera sido de mi vida de haber permanecido en Argentina? Quizá sólo hubiera sido un rockero”. La aseveración del compositor tiene su fundamento, pues lo que éste siempre quiso ser fue un músico, así, sin más. “Es que no soy un rockero ortodoxo, quizá ni siquiera sea un rockero”, suelta el también productor. “Cuando iba en la prepa escuchaba a Led Zeppelin, pero también a Pat Metheny, Thelonious Monk, Django Reinhardt, Béla Bartók y Stravinsky. Mis ídolos eran inmensos. Claro, escuchaba música disco y me enamoré de The Police y Dire Straits, pero mis héroes no eran los Sex Pistols. Me paré sobre los hombros de gigantes porque quería ser Músico”.

El hito de Caifanes

Con los libros de Física a punto de quedarse para siempre en el librero, Marcovich comenzó a tocar en Leviatán. “Entre covers de Spinetta, empecé a componer canciones. De amor, de desamor, de lo que fuera. Estaba entendiendo cómo funcionaba todo, notando que como guitarrista tenía inventiva, que se me ocurrían muchos solos y arreglos”. Fue entonces que el proyecto de vida del creador comenzó a tomar forma, como él mismo relata: “Me pregunté, ¿por qué no hago una guitarra que suene rockera, pero también latinoamericana? ¿Ya lo hizo Santana? Sí, pero investigó un pedacito. Yo sabía que existían Jeff Beck, Eric Clapton. Genios. Pero no me podía quedar a la sombra de ellos sólo porque llegué tardé o no nací en Birmingham. ¿Qué tal si lo intentaba? Después de todo yo era de Latinoamérica, ¿por qué no asumirlo, sin complejos?”. Alejandro organizó un plan entonces: “Entendía que en la escuela no me iban a ayudar y que no había libros al respecto. Quería llegar al mar y estaba en la selva, ¿por dónde corté? Por donde se pudo, buscando dónde olía a salado”.

En lugar de machete para hacerse brecha, el músico echó mano de su plumilla, y la brújula del destino quiso que en cierto punto del camino su hermano, el cineasta Carlos Marcovich, le extendiera una invitación para tocar en una fiesta con tal obtener fondos para la realización de un cortometraje. Junto a Saúl Hernández y Alfonso André, Alejandro tocó en dicha fiesta. El grupo terminaría llamándose Las Insólitas Imágenes de Aurora, una banda que roló por el subterráneo defeño y que alcanzaría dimensiones míticas debido a que operaría como germen de Caifanes. Tras la disolución del trío, Saúl y Alfonso unirían fuerzas con Sabo Romo y Diego Herrera para grabar el debut discográfico de Caifanes (1988); Alejandro se integraría al grupo en el Volumen II (1990) para quedarse ahí por dos discos más (El silencio, 1992; y El nervio del volcán, 1994). Con el último, según el guitarrista subraya, “Caifanes llegaría a un hito y a nivel personal yo lograría que las ideas que propuse en lo discos previos se volvieran contundentes; tanto, que me costó que me sacaran de la banda. Ni el cantante ni su manager lo soportaron”.    

La suma de talentos

Con su guitarra, Marcovich le dio vida a varios de los momentos más célebres del cancionero caifán. “Compuse mi primera canción a los 17, “La fuga de Sebastián”. Y desde entonces he tenido destreza para hacer arreglos que se quedan en la memoria, como el de “Afuera”. Esa canción pasó de ser una balada a representar el sonido latinoamericano, algo muy fuerte, una construcción mía. Siguiendo con Caifanes, “La llorona” es un tema que enchina la piel. A mí me pasó cuando la escuché terminada, me impresionó el resultado. Puede sonar raro que diga esto, pero uno como creador sabe bien cuándo toca una fibra y cuándo no. Caifanes ha sido muy afortunado. Saúl ha tenido la capacidad de crear canciones con cierta mitología. Pero lo que a mí más me cuadró de él era el trabajo que hacíamos en conjunto; “Aquí no es así” es una canción que hicimos los dos, estuvimos en sincronía durante algunas horas, tal como hacíamos en Las Insólitas Imágenes de Aurora. Me puse a hacer arreglos en la guitarra y él sacó esa melodía, muy bonita y con una letra bastante afortunada. Gran canción”.

Tras la edición de El nervio del volcán, el grupo se disolvería. Marcovich resume esos días así: “fue desastroso, una bola de nieve que no pude parar. Quedé fuera de mi banda, aunque legalmente los tres teníamos derecho al nombre. Me quisieron dar una limosna por mis derechos cuando Caifanes en el 95 valía millones, era un gran negocio. No acepté y por eso prefirieron salir al mercado con un nombre nuevo”. Respecto al sello sónico que la banda consiguió a lo  largo de su historia, el guitarrista recuerda que “Saúl llegaba con canciones desnudas, sin sabor, con letra y melodía. Composiciones tan monstruosas como “Aviéntame” o “Miedo”, bien rockeras, él las trajo como baladas, con su guitarra acústica. Le hicimos un gran favor. Diego, Alfonso, Sabo y yo. Porque sí, Caifanes sonaba a mí en muchos sentidos, pero también a todos los demás. Era una suma de talentos”.

Para Alejandro, “El nervio del volcán” significó el espacio donde “se amalgamaron muchas de mis influencias, ahí floreció ese proyecto que se me metió a la cabeza a los 21. Y desde entonces fue notable la incomodidad de Saúl. Tendría que haber estado contento con el resultado, en lugar de andar por la vida diciendo que ese álbum no le gustaba, cuando nos separamos y empezó con Jaguares. Para mí, lo que pasó con Caifanes fue una suerte del destino. Jamás quise tener fama para que me gritaran las niñas o para andar en limusina y con guaruras, pero me tocó vivirlo. Lo mínimo que podría reclamar era mi creatividad. Mis arreglos son emblemáticos, los puedes cantar. Si hoy día ellos, que siguen tocando sin mí, los quieren usar, que me echen una llamada. ¿A poco cuando Roger Waters toca íntegros los solos de David Gilmour no hay un arreglo económico de por medio?”. Con la perspectiva del tiempo a su lado, Marcovich se hace una pregunta: “¿Cuál hubiera sido el destino musical del grupo de haber continuado como un cuarteto? Quizá me metí la pata solo. Debí mandarlo todo al cuerno y todas esas ideas que regalé usarlas para mí. Pero agradezco haber desarrollado mi proyecto en el grupo, finalmente éste operó como una plataforma. Creo que a todos nos sirve conjuntar talentos. Se aprende mucho”.

Resonancia y pulsación

Pero, ¿cómo fue que el sello artístico del argentino se forjó? “Estudié guitarra clásica desde los 17 años –avisa el creador-, y, además, en la revista Guitar Player leía todas las entrevistas y me aprendía las partituras. A esa edad yo estaba duro y dale con el solo de “Stairway to heaven”, pero de pronto dije basta. Porque no quería tocar igual que Jimmy Page, sino saber de qué estaban hechos sus solos”. Respecto a su peculiar modo de pulsar las cuerdas, el artista asevera que esto viene de su “conocimiento de la guitarra acústica, tanto de la valenciana como de la texana, mis grandes compañeras durante la adolescencia; de ellas viene mi manera de pulsar. Porque yo toco la guitarra eléctrica como si fuera una acústica ya que eso es en realidad; tiene poca resonancia, pero es acústica”.

La guitarra de Marcovich, ¡eso qué! 

Alejandro prosigue con detalles de su legendaria Ibanez. “Es una PL 1770 de precio moderado. La compré en Los Ángeles porque para eso me alcanzaba, pero la gente se ha acostumbrado a verme con ella al punto en que la guitarra se ha vuelto emblemática cuando pudo ser cualquier otra (la he visto hasta en 1 500 dólares anunciada como la guitarra de Marcovich, ¡eso qué!). Lo que tiene favorable para mí es un diapasón de ébano que no está barnizado, sino sellado, algo muy simpático; pero yo puedo tocar con la que sea. ¿Cuántas guitarras tengo? Veintitantas. Si puedo, cuando voy a grabar, me llevo unas doce, y las uso todas. Elijo con cuál tocar por corazonada. Si me preguntas con cuál me quedaría de todas, te diría que con mi Telecaster Deluxe 97, por su amplia gama de recursos sonoros”. 

“Cuando entro a una tienda y una guitarra me hace ojitos –continúa el músico-, pido que me dejen escucharla sin enchufarla, para conocer su acústica; ya luego veré cómo suena conectada y si le dejo las pastillas que trae (sólo a mis Ibanez les he cambiado las pastillas, mis demás guitarras están tal y como las compré. Lo estándar suele ser bueno). Los guitarristas somos caprichosos. El oboe siempre suena a oboe, y el clarinete siempre suena a clarinete; tomando en cuenta esto, no sé por qué demonios los guitarristas tenemos tantas guitarras, pastillas y todo lo demás”.

¿Efectos? Sólo los cables

Y todo lo demás es todo lo demás. Por ejemplo, los pedales y los amplificadores. Marcovich ahonda sobre los primeros. “Voy a hablar de un pedal legendario que he usado desde los ochentas, le servía a Stevie Ray Vaughan y a mí también, el overdrive Tube Screamer, de Ibanez. Lo sigo usando porque hace un buen trabajo cuando no quiero subirle tanto al ampli. Pero yo cuando grabo no uso pedales. Nunca. ¿Qué efectos uso para grabar? Los cables. He salido a tocar con mi Tube Screamer y mi delay DD-3, de Boss, con eso es suficiente. Dependiendo del repertorio, puedo llevarme un wha, un phaser o un octavador: efectos. Porque el overdrive no es un efecto, lo que hace es acortar la onda senoidal. Hoy en día los guitarristas usan tantos efectos que no saben cómo es el sonido de su pulsación”.

¿Amplificadores? Da igual

Siguiente punto, amplificadores. Marcovich detalla. “Los genios de la amplificación fueron Leo Fender y Jim Marshall, todo lo que existe está basado en sus diseños. He llegado a estudios de grabación y digo, a ver, qué hay aquí, un Twin Reverb, un DeVille, un Marshall. Me da igual. ¿Qué te saca de apuros? Un buen Fender. Pero, en este punto yo diría: lo importante es la idea que traes y la forma en que tocas. ¿Qué importan los efectos si no existe una buena idea? Empecemos por ésta, siempre. Luego, interpretémosla justamente. Yo no creo ideas que no pueda tocar, mi técnica es limitada, mis ideas son simples. Así que hago una amalgama entre idea y ejecución y después pido cualquier amplificador, con que no haga ruido es suficiente”.

“Me han invitado a grabar y pido pedales, guitarras y amplis prestados”, sigue Alejandro. “Soy espontáneo, no me paso horas moviéndole a las perillas ni a los micrófonos. Llego al estudio y  grabo lo primero que se me ocurre, te lo puede decir Alfonso André, a quien le grabé un par de solos para su primer disco solista. No tengo una fórmula. Yo imagino frases y pienso con cuál guitarra sonaría bien cada una pues sé de sus virtudes y defectos. Elijo, me afino y me enchufo. Así voy creando universos. Quizá a quienes escuchan les da igual, ve tú a saber si la gente se entera de que uno cambia de guitarra; pero he encontrado guitarristas en Cuba que tocan con instrumentos parchados, y lo hacen tan bien, sus ideas son buenas, que nada importa que sus herramientas estén rotas”.

Un alebrije sin prejuicios

Colaborador desprejuiciado cuya única guía es la calidad artística de los músicos con quienes se codea, Alejandro recientemente editó Alebrije, un disco producido por el propio guitarrista y George Tutko como ingeniero donde, además de colgarse su instrumento, canta algunos temas y comparte compases con Emmanuel Del Real, Jessy Bulbo y El Loco Valdés. Sin embargo, en el currículo del sureño se presume su historial como productor (su labor va del fino toque de Santa Sabina a la aspereza urgente de Ultrasónicas), trabajo que lo ha llevado a hacerse de un olfato especial a la hora de elegir con quienes unir talentos. “A la fecha muchos mexicanos no acaban de entender la grandeza de sus paisanos”, reconoce el músico. “Van mejor a aplaudirle a Depeche Mode que a grupos como El Plan o La Firma; Jair Alcalá y Luis Padilla son mejores que muchos músicos rockeros mexicanos, tienen talentos desbordantes. Yo trabajo con gente así porque un buen músico puede tocar con quien desee. Llegué a hacerlo con Laureano Brizuela, Banda Machos, Ana Victoria y Nicho Hinojosa así como con la Filarmónica de la Ciudad de México bajo la batuta de José Areán, la composición de Antonio Juan-Marcos, un mexicano que vive en Berkeley, California, cuyas obras se tocan en Europa y diseñó una obra para guitarra eléctrica y orquesta para que la tocara yo. Mira nomás”.

“No sé si me voy a ir de esta vida sin realizar todos mis proyectos, tengo muchos”. Acota Marcovich, sosteniendo que se mantiene ocupado siempre; “no hay día en el que no aprenda algo nuevo”. Actualmente, el guitarrista prefiere presentarse en sitios pequeños, en los lugares donde gente como Marc Ribot o Mike Stern, “con todo y el ruido de las chelas alrededor”, suelen anunciarse, en lugar de grandes estadios donde la “gente está más preocupada por las luces que por el timbre los instrumentos”. Y aunque no considera llamarle canto a lo que hace en Alebrije, está contento de tener 57 años y poseer unas cuerdas vocales sanas y los tendones de las manos enteros. Se dice halagado  cuando alguien le platica que cuenta con un sello propio, una marca indeleble producto de sus músculos contra el diapasón; aunque le queda la espina de no recibir aún un “reconocimiento más limpio, algo más allá de toda la basura que se ha manejado respecto a mi persona. Es horrible que lo tenga que decir, pero a estas alturas de mi carrera quisiera que se me reconociera, que esto no tenga que pasar post mortem, que en el futuro no digan: oye, ¿qué estaba haciendo este tipo hace cincuenta años?”.

La fragilidad de la vida

Y vaya, el recordatorio de la muerte no es casual, Alejandro la vio cerca hace poco. Él mismo recuerda el suceso para así despedirse, hilando sus gozos fundamentales.  “En 2010 yo estaba en Kansas, iba a tocar con un grupo de allá y llevaba meses sintiéndome raro, a veces no podía teclear en la computadora lo que mi cerebro ordenaba, como que me quedaba perplejo, pero no le daba importancia. En un ensayo me sentí mal y me fui al hotel a la medianoche, quise llamarle a mi familia, pero no pude. De pronto, pum, un millón de hormigas en mi cabeza. Pensé, esto es el fin, voy a morir. Acabé convulsionándome y desperté en una ambulancia, ensangrentado. Salí del hospital y me fui a Chicago a tocar. Al volver a México fui a Neurología, donde me encontraron un tumor en el cerebro. Entré a la cirugía como un campeón y nada, sobreviví. Quedé bien. Para octubre ya estaba tocando en Guanajuato. Uno no está consciente de lo frágil que es la vida. Yo tuve mucha suerte, pero una cosa me quedó clara: no sé cuánto me quede de salud, el cerebro es un misterio. Pero mientras esté vivo, estoy seguro de que dormiré y despertaré en paz. A diario. Y seguiré haciendo lo que más me gusta. Comer, cocinar, viajar. Conocer gente. Batirme en duelo con los cibernautas que en Twitter me molestan. Amar. Tocar la guitarra. Crear.

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