Como un barco que prescinde de anclas, este músico viaja a lo largo y ancho de los mares del sonido. El itinerario de la travesía es determinado por aquello que otorga vida al oleaje constante producido por el jazz, la música clásica, el rock y otras expresiones contemporáneas. Con su fiel acompañante de teclas blancas y negras, continúa la exploración como creador de atmósferas y guía de nuevas generaciones.

A los cinco años de edad ocurrió la revelación que delinearía su futuro. “Escuché en la radio una pieza que me gustó mucho. Me acerqué al piano y con sólo dos dedos toqué la misma melodía. Mi madre y abuela, que eran maestras de piano, se sorprendieron y notaron que había nacido con ese don, con un hermoso regalo de vida”, recuerda acerca de esa tarde que significó el momento clave en su natal Detroit. “Lo percibí como algo de lo más normal, pensé que se trataba de un asunto que cualquiera podía hacer a esa edad y con la misma facilidad”, reconoce vía telefónica desde su casa en San Miguel de Allende, donde vive desde hace doce años, lugar en el que también funge como instructor de técnicas orientales como el  tai chi. “Mi esposa y yo nos enamoramos de este sitio, especialmente por el gran ambiente de jazz que integra a músicos excepcionales”.

Poco después de aquel descubrimiento casual, asistiría a la secundaria, para comenzar su entrenamiento con la trompeta. Más tarde ingresaría a la Juilliard School, el exclusivo colegio ahora situado en el neoyorquino Lincoln Center para continuar con su formación clásica. Desde los días de infancia, no soltaría el timón con el objetivo de incrementar su habilidad en la digitación y ampliar el horizonte de la composición. De esa manera siguió hasta consolidar una carrera que lo llevaría a ser músico de estudio de Aretha Franklin, Plácido Domingo o Paul Simon, así como presentarse en escenarios de prestigio mundial de la talla de La Scala y Carnegie Hall.  En su viaje ha plasmado episodios memorables como ser parte de la grabación del clásico “Just the Way You Are” de Billy Joel en 1977 hasta nuestros días en el álbum As One ,con la reconocida Iraida Noriega. Todo ello conforma los puertos que ha visitado al surcar los océanos de la industria musical.

¿Cómo ha sido navegar en diferentes géneros? ¿Cuál de ellos tiene las aguas menos turbulentas?

“Fui criado en un ambiente de música clásica y cuando ingresé a Juilliard continué en esa dirección. De manera simultánea me sentí atraído por el jazz y el sonido de las grandes bandas. Un amigo que era líder en un grupo me prestó varios discos de jazz que me encantaron y desde entonces quise tocar esa música. En aquellos días también me presentaba con otros instrumentistas en pequeños clubes y así ganaba un poco de dinero. Además estudié folk para conocer otra clase de armonías y, en ese sentido, me encanta Joni Mitchell. En realidad las armonías siempre me han fascinado. Cuando me convertí en músico de sesión, me dediqué a tocar prácticamente todos los géneros durante unos treinta años. Si bien la música clásica fue mi referente por mucho tiempo, siempre me interesaron otras cosas. De igual forma he estado inmerso en el world music porque cada vez que viajo a un país diferente, trato de aprender lo que hay ahí y todo eso se junta cuando me dedico a componer”.

¿Quiénes se ubicaron como sus héroes musicales?

“El primero fue Arthur Rubinstein, siempre ha sido mi héroe clásico. En el jazz me atrapó Oscar Peterson desde un inicio y más tarde llegaría Bill Evans. Mucho después comencé a admirar a  Gonzalo Rubalcaba, Alex Mercado y Roberto Verástegui, a quienes considero fabulosos”.

En su ruta también apareció un personaje como Robert Moog…

“En realidad no lo conocí muy bien, era alguien increíble. Se encargó de diseñar el primer sintetizador portátil para el grupo al que pertenecía entonces. Platicaba con él para rediseñar los modelos que tenía en desarrollo. Fue emocionante porque todos esos sonidos eran completamente nuevos en 1969, cuando me gradué”.

Se preparó como pianista y cobró fama como tecladista…

“Mi primer contrato discográfico con Atlantic Records fue para usar todos los pianos eléctricos y el primer sintetizador que toqué en una de esas grabaciones fue en 1971. Me conocían como un pianista virtuoso y también como un precursor del sintetizador. Así que desde un inicio tuve una carrera dividida”.

¿Qué significa para usted la enseñanza?

“Es una maravillosa forma de conectar con otra persona mientras busco la respuesta a varias preguntas. “¿Qué es lo que necesita? ¿Qué es lo que ha perdido? ¿Qué es lo que puedo proveer para que consiga su meta?”. Esto lo aplico no solo como profesor de música, sino también como instructor de meditación y esto último lo uso también al  enseñar improvisación. En esas sesiones me tomo el tiempo necesario para que me acompañen en la experiencia y de esa forma profundizar en la libre improvisación. Dentro de un grupo esto ayuda sin importar el nivel que tiene cada uno porque es un asunto práctico de acuerdo al conocimiento individual. No se trata de reescribir la música ni de ser tradicional”.

¿Y si hablamos del significado que tiene para usted la improvisación?

“Es libertad pura. Es una pregunta hermosa y difícil de responder. Esa libertad se asemeja bastante a lo que hago en la meditación. Te encuentras en un estado presente sin juicio alguno, con tu mente libre mientras dejas la Tierra, con nada en qué pensar y todo qué sentir. Al mismo tiempo estás abierto a cualquier energía musical que puedas recibir. Por supuesto que el entrenamiento que hayas adquirido en el pasado forma parte de ese efecto que aparece. Lo que significa para mi la improvisación es libertad para bailar con Dios”.

ENSOÑADORES

“Cada piano tiene su alma y el mejor depende de la situación y del espacio en sí mismo. Los Steinway me parecen especiales, sobre todo los fabricados en Hamburgo antes de la Segunda Guerra Mundial. Poseen una calidad absoluta por las características de sus componentes. Su sonido es maravillosamente cálido. Y el Fazioli me parece estupendo cuando se trata de grandes escenarios”, asegura Ken Bichel, quien ha sido reconocido siete veces consecutivas como el intérprete más valioso por la National Association of Recording Arts and Sciences.

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