Con un brazo en las raíces del rock and roll (música sureña, blues) y otro en el garaje y el llamado sonido alternativo de los años noventa, Flip Tamez abrazó su guitarra para grabar un puñado de canciones que han sido liberadas poco a poco, en tercios sonoros (Un tercio, Dos tercios y Tres tercios) que amalgaman la propuesta del también guitarrista de Jumbo. “Crecí escuchando rock and roll de raíz –comenta el también cantante y compositor-, pero, extrañamente, los productores con los que he trabajado solían rasurarme un poco esa vena; por fortuna ya llevo más de cinco años haciendo discos solistas y en ellos he explotado con mayor libertad ese perfil”. 

Sueles estar callado, al mando de la guitarra en Jumbo, pero ahora estás al micrófono todo el tiempo, ¿disfrutas esta posición?

“Es mi tercer material discográfico y ya disfruto lo que esto significa. Respecto a la voz, ahora sé que canto como canto y que no hay vuelta atrás; y esto me gusta. Sólo intento localizar la emoción exacta y listo, mi voz fluye. Hablando de esto, recuerdo que en el estudio de grabación, mientras grababa las canciones de Un tercio, el productor Camilo Froideval eligió dos temas en los que quería que yo cantara con mezcal de por medio porque requería una voz aguardentosa. Y fue curioso porque una de esas canciones es una especie de balada”.

Estos tres tercios discográficos, ¿contienen temas para agradar a guitarristas o son canciones en toda la extensión de la palabra?

“Adoro la guitarra, desayuno como y ceno con una a mi lado; pero jamás busqué ser un guitar hero; siempre preferí componer canciones de verdad porque lo disfruto, y, bueno, la guitarra es una gran aliada para lograrlo. Claro, hay muchos solos de guitarra en mis composiciones porque es mi instrumento, pero todos los elementos que adhiero están ahí para ayudar a que la canción funcione bien. Seguramente habrá guitarristas que van a viborearme diciendo “aquél solo aguanta dos vueltas más”, o “este cuate no toca tan chido”; pero a mí ese debate no me interesa porque levantas una piedra y salen quince músicos que tocan mejor que tú. La música es para compartir, no para competir. La guitarra, para mí, no es un deporte, sino un arte”.

¿Qué equipo usas para grabar?

“Los tres discos que acabo de editar tienen corte vintage, por eso usé una Gibson 335 de 1964 que casi nunca saco de casa y hoy día es mi voz principal. Suelo usar Fender de bulbos pero últimamente me conecto a un Supro viejo y me gusta, porque da un sonido que se encuentra justo a la mitad de un Vox y un Marshall; respeta mucho el fuzz, no le da grano sino que conserva el ataque. En cuanto a las guitarras acústicas, me gusta ese sonido ligeramente sucio de antaño, por eso uso un micrófono que distorsione ligeramente y, además, paso una línea por el amplificador; así me acerco al espíritu agresivo del blues”.

Ya que hablas de blues, abunda al respecto, ¿de qué forma te acercas a ese sonido polvoso y abandonado?

“Varios amigos me decían que lo que yo hago a solas son discos de blues, pero a mí me daba pena eso porque hay muchos bluesistas que de verdad hacen ese tipo de música (siendo puristas yo no hago blues, sino rock con influencias de música de raíz, tal como hay blues en Led Zeppelin o Tampe Impala). Entonces dije, bueno, voy a hacer  un blues lo más puro que pueda, pero con algo de mi estilo impregnado para alejarme un poco de los clichés de la guitarra, con esos grandes solos. Así, escribí una letra que habla de una traición de amor, con afinación abierta y doce barras. Cuando atiendes la música de raíz te das cuenta que ésta posee ciertas reglas que no son del todo rígidas, pero que cuentan con un lenguaje muy visible, desde el vibrato que aplicas al diapasón hasta la cantidad de aro que le das a los golpes de los tambores; entonces llevar esa música al cuarto de ensayo significa un trabajo arduo, porque hay que practicar mucho”.

¿Cómo bañaste con ese aire blues a tus compañeros musicales?

“Formo parte de un quinteto: Beto Ramos en batería, Alan Robles en guitarra, Rafa Sarmiento en bajo y Pibe Láser en teclados. Es curioso mi caso porque yo necesito músicos de buen nivel pero que no anden tras un hueso, sino que les lata mi sonido y estén dispuestos a subirse a este barco. Cuando ensayamos yo uso mucho el enunciado de “estar desacomodado”; esto significa que alguien está tocando más fuerte o más suave de lo que determinada canción pide, o que el sonido que se aplica está fuera de lugar. Y es que hay que ayudar a que la canción explote en el momento indicado. “Un solo camino” es un slide rock sureño muy oscuro que tiene cuatro escalones, y cuando en el ensayo nos desacomodábamos la voz pisaba el primer escalón demasiado arriba, de modo que en ese departamento ya no había sorpresas más adelante para el escucha, todo ya estaba dado desde el arranque. Eso pasaba porque los demás instrumentos no estaban comprendiendo en cuál escalón estábamos tocando, se encontraban desacomodados”. 

¿Cómo logras comunicarte en ese nivel con quienes te acompañan, sin lucir impositivo?

“Cuando formas parte de una banda discutes y pruebas; cuando eres solista puedes lucir impositivo  y que los demás te digan “bueno, así quieres que suene, así te lo doy”. Por eso, para que quienes están tocando contigo entiendan esto sin ofenderse, deben ser tus amigos, estar al tanto de que eso es lo mejor para tal tema y creer en la música que se estás haciendo. Mi intención es que esto se vaya convirtiendo en Flip Tamez y “Los Algo”, porque mi compañeros músicos se han puesto la camiseta. Sin embargo, llevo alrededor de veinte años llegando a un consenso musical con los de Jumbo, en un taller de composición con tres grandes músicos,  así que no tengo deseos de hacer lo mismo con mi proyecto solista. Yo lo que les digo a quienes me acompañan es que pueden sugerirme lo que quieran, pero que me den denme chance de decidir qué hacer con sus consejos, porque no quiero debatir”.

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