Autodidacta afortunado. De muy joven, Fernando ponía los discos de Weather Report para aprenderlos y luego, poder tocar sobre ellos. Con una idea muy clara de los conceptos del jazz fusión, el inquieto baterista fue forjando una técnica y un estilo propios, únicos e inconfundibles.

Precisión y poder. Fiel admirador del legendario Billy Cobham (Miles Davis y Mahavishnu Orchestra) Toussaint buscó un sonido potente; pero con grandes contraste y control en las dinámicas, siendo capaz de lograr matices imposibles y reduciendo el nivel de presión sonora a registros bajísimos; para entonces, sorprender con algún acento inesperado.

Ritmos complejos     

El mexicano utilizó las síncopas entre bombo y tarola como su materia prima. Fue un independentista nato, que liberaba las funciones del platillo como si se tratara de un segundo músico abordo, concentrándose en desplazamientos y notas adelantadas; conceptos avanzados para su época. Inspirado, pronto forjó una personalidad inconfundible; ya sea con Palmera, Aguamala (su último proyecto solista) o al lado de Enrique y Eugenio; en Sacbé.

En sus primeras grabaciones con Sacbé, destacan la técnica de Toussaint para producir un rimshot (golpe de aro) agudo y contundente, así como su agilidad virtuosa para generar acompañamientos en el platillo. Ligero, combinaba a gran velocidad los tiempos de La Clave y La Cáscara, patrones de los ritmos latinos. Esta soltura con el 3-2 a la campana fue la que más adelante lo llevaría viajar con Willie Colón, Claire Fisher, Iván Lins y Michel Colombier.

Prueba de su gran técnica era la habilidad que tenía para redoblar y rematar sobre los acompañamientos del resto de sus hermanos; en secciones musicales conocidas como vamps.

A la vieja escuela. Uno de los solos sobre ostinattos grupales que más gustaba entre los escuchas de la extinta Jazz FM, venía en “Sunset at Sunset”; composición salsa-jazz; donde Fernando interviene con melódica maestría y desarrolla frases rítmicas, combinadas con breves espacios de silencio, tal vez inspirado por los legendarios timbaleros latinos. Como Tito Puente: sabroso y caliente.

Fuera de Sacbé

Todavía en terrenos de latin fusion, destacan por derecho propio las tomas que dejó para “Arlequín”, el primer disco del pianista Gerardo Bátiz (ex Isla): “En Fa”, composición de samba a medio tempo, donde demuestra nuevamente una gran coordinación entre ambos pies (con los que mantiene un ostinatto como colchón para cubrir el redoblar sobre el tom de piso) y el corte que da nombre al Lp; otro gran ejemplo de coordinación entre cuatro extremidades.

Con sus hermanos, Toussaint desarrolló una buena carrera en el show business de Las Vegas, como músico de Paul Anka, con quien combinó los ritmos de swing en el gran platillo Zildjian, con firmes tarolas en 2 y 4, rodeado por una agrupación de clase mundial.

Sin duda alguna, por su versatilidad y fácil adaptación con otros músicos, Fer ha sido uno de los bateristas más completos y propositivos en la historia de la música en México; no sólo del jazz; sino que también lució enorme dentro de las escenas rockera y popera.

Sí: vivió el pegajoso mundo pop

Para beneplácito de las masas. Acompañando a los cantantes Miguel Bosé, Alejandro Sanz y los grupos Jaguares, Flans y Timbiriche, Fernando se desempeñó con sólidos acompañamientos entre bombo, tarola y constantes dieciseisavos en contratiempo; manteniendo un groove efectivo y bailable.

No fue ajeno al rock: grabó para Cecilia una inolvidable versión de “La almohada”, composición a voz con bataca; original de Jaime López. En esa ocasión, Toussaint imprimió un efectivo ritmo de shuffle al contratiempo, dejando un colchón rítmico insuperable, sobre el que su hermana suelta recetas y moralejas. A la mitad de la pieza, un solo de batería elegante y melódico luce rudimentos bien empleados entre toms de aire y platillos de crash; hábil y con imaginación en las combinaciones. Este almohadazo es muy popular entre la afición conurbana femenina.

Y no paró ahí: Fernando también dominaba la bohemia y su trabajo con el maestro Armando Manzanero lo llevó las alturas del bolero romántico, tocando el dulce sonido de un aro acompasado, jugando con el platillo de ride, envolviéndose con delirio en las estrofas de “Somos novios”, “Contigo Aprendí” o “Esta Tarde vi Llover”,

Lutier redondo

Una de las aportaciones más importantes que hizo a la industria musical el también graduado en Dirección y Producción de Televisión y Radio por la Universidad de Columbia, fue idear una batería para la marca Power Beat.

En octubre de 2001, junto con el anuncio de un par de clínicas que ofrecería junto a Mike Portnoy (entonces Dream Theater) en el Hard Rock Live y en Casa Veerkamp, se efectuó el lanzamiento de la primera batería diseñada por un mexicano; con base en su experiencia y necesidades profesionales. Además, estaba a un precio extremadamente competitivo.

La batería Power Beat modelo Fernando Toussaint fue el producto de un año de esfuerzo y gracias a su versatilidad, su configuración incluía desde 2 hasta 10 tambores; según las necesidades del intérprete y cuyo costo oscilaría entre los 4 y los 20 mil pesos de entonces.

A diferencia de otras marcas que dominaban el mercado a principios del siglo XXI (la mayoría, fabricada en Taiwán con materiales sintéticos), la Power Beat Fernando Toussaint fue construida con madera de maple y utilizando un moderno barniz poroso; con el fin de dejar respirar el tambor. Esta característica, aunque aumentaba los costos de producción, nunca se vio reflejada en el precio final; básicamente, por no existir intermediarios.

Sin embargo, lejos del aparador, el estudio y el escenario del rompe cueros, los conceptos filosóficos en torno al arte eran su otra mejor carta de presentación. Entre ellos, aquella famosa frase que le espetó a un joven baterista que quería tomar clases con él; con el argumento de que ya estaba practicando nueve horas diarias.

Toussaint lo tomó del hombro y le dijo: “lo primero que tienes que hacer es tener una vida, lee el periódico, un libro, ve al cine, ten novia… si no tienes nada que decir, no tienes nada que hacer en la música”. 

San Fernando (otra vez) tenía razón.

Fernando no era serio

Por Erik Montenegro

Fernando Toussaint Uhtoff no era serio. Aunque se pasaba las horas diciendo que todo era cosa seria mientras cerraba su puño enfático y golpeaba con los nudillos la mesa y las cucharas del café tintineaban contra la taza como un pequeño terremoto inesperado.

“Este grupo, este bajista, este disco, esta grabación, este plan, esta gira, estas fotos, estos talentos emergentes”, todo es “cosa seria”.

De un espíritu libre, abierto, vencedor y conquistador, de un mundo absolutista, Fernando daba pasos seguros en una realidad que se convirtió en desconocida al cabo de los años. Desconocida por lo lejano que quedó el tiempo y los lugares donde vio su talento multiplicarse y su nombre imprimirse en una ascendente carrera detrás de sus baquetas. Desconocida por la distancia que puso en medio y por los años que transcurrieron.

Una batería que por sus dimensiones, sorprendía al mismo Billy Cobham, famoso por tener los más grandes sets de tambores, completaba el lienzo con una memoria privilegiada para la ejecución, un profundo respeto por el instrumento y por aquellos que lo hacían sonar bajo los estándares correctos de su apreciación.

Fernando Toussaint era un dechado de energía. No era un motor. Era una locomotora de vapor con los ojos inyectados de carbón ardiente.

Igual te abría los brazos y con un beso te recibía, que te mandaba al carajo y fuera de su vista. Porque esa intensidad metía a su vida. Porque si te quería te lo decía pero si te odiaba también. Y si te quería pero te iba a odiar las siguientes dos horas, así eras informado.

Porque para él no había tiempo que perder, mucho menos en un mundo y en una sociedad donde es bien sabido que estás lleno de gente mientras eres; y muy solo cuando ya no eres. El sabía perfectamente que durante catorce años extrañamente le crecieron los amigos.

Vivió Sacbé, amaba a sus hermanos y gozó con plenitud la música de aquél instante, respetaba profundamente el trabajo de Eugenio y el de Enrique, se le acababa el recurso de la palabra cuando a Cecilia se refería, y no veía la hora y la oportunidad para visitar a su madre, pero él era Palmera, él era dúo con Cristóbal López en retos y ritos musicales más cercanos al inframundo. Picaba como Aguamala. Quería siempre otra cosa, todo, lo que fuera distinto. Metía entre sus calzoncillos una pequeña grabadora para llevarse el concierto de Miles Davis a casa. Subía al escenario para tocar la percusión con Gino Vanelli en pleno Festival de Montreal, se inventaba un teclado invisible en el mármol del lavamanos de su baño para emular a George Duke.

Eran los años de vivir a tope, Años de excesos que marcaron su vida, pero también su obra y su forma de escucharla. Había vivido en España y en Estados Unidos y a donde lo llevara la música; ganaba entonces buen dinero para gozar y eso lo retribuía en un conocimiento más profundo de la música y su instrumento.

Aprendió de su padre los modos, el humor del que hacía gala envuelto en humo de cigarrillo, los muletazos que pegaba con sus frases anteponiendo al autor de sus días. De su madre la disciplina, el cariño, la tenacidad.

Jugó al dominó con los viejos de España en las tabernas y aprendió los secretos de la mula de seis. Inhaló el olor a puro y bebió ron con coca. Fue llamado el “Cherokee” que de figura espigada y coleta larga percutía como rito sagrado sin perder el nervio.

Vio crecer en lo escenarios a Alejandro Sanz y lo recordaba como el guitarrista de flamenco más impresionante que hubiera escuchado. Era visita a la casa de Miguel, mas no a la de Bosé.

Su mente se inflamaba de la música de la época, sus héroes con los que a la postre cruzaría una cerveza o un abrazo.

Se le rebeló a Paul Anka y se bajó del barco, se puso a hacer lo suyo y fluyó.

Fernando no se hacía chico. Nunca. Tampoco se detendría ante nada ni nadie. Ese es “mi bicho” y quiero que lo pongan a tono y que lo hagan caber, decía de su batería. Esta es mi idea y quiero que valga, decía de todo.

Vivía en un mundo paralelo con unas horas paralelas pero parecidas a las nuestras, donde si tú lo esperabas él te llamaba para decirte que te estaba esperando.

Era un juego donde él nunca perdía.

Así, íbamos a la ceremonia infaltable del saludo. Para Fernando, un equipo es un solo brazo, donde hay manos, dedos, pulseras y relojes, un solo brazo, que en conjunto es imbatible.

El primer abrazo corría desde el sonriente y taimado guardia del primer filtro antes de llegar al escenario, hasta los que abajo del mismo dormían una siesta por el agotamiento de las 72 horas de trabajo que les predecían en improvisadas y fakires camas alumbradas sólo por la luz de un tímido foco, colocado a propósito para no quebrarse la cabeza a la hora de levantarse. Abrazó a los técnicos -uno por uno- con sus nombres, así conoció a todos también, el que de cabeza colgaba las lámparas, el que carga kilómetros de cable, el ingeniero que un piano arrastra, el que llena los tambos de botellitas de agua, el afinador, el mesero que alisa el mantel del catering, todos, todos eran saludados y abrazados al inicio de cada día de actividad durante los tres días que duraba cada festival.

Si después cualquiera de ellos recibía algún grito o trapazo, sabían que el cariño y el respeto estaban depositados con antelación, sólo que no estaban en sintonía de lo que significaba, primero para él, y luego para todos, ser la cabeza de uno de los festivales más importantes de jazz en el mundo. El más importante en México, sin duda.

Los años que vinieron después fueron de aventuras insólitas. Las historias más increíbles con las leyendas vivas de la música que tanto amamos las vivimos juntos. Primero como invitado a conducir las noches del Festival y luego como su oficina de medios especializados y booking. Visitamos varias ciudades del país hablando de jazz y producción, conversamos con oficinas de turismo y gobernadores en la búsqueda de la réplica del fenómeno del Festival en otras latitudes del país, fuimos invitados a inaugurar el lugar más importante de jazz en Puerto Vallarta, impartimos charlas a jóvenes estudiantes de música, fuimos cómplices en la programación de nuevos talentos mexicanos en los Festivales de Playa del Carmen y Cancún, Una ecuación que derivó en una entrañable amistad repleta de anécdotas y de mucho cariño.

Por eso, justo por eso, sé de cierto que aquél sábado en que nos dejó, trastocó mi vida para siempre, algo se rompió y es irrecuperable.

La vida se me descuadró, y aún trato de regresar las piezas a su lugar.

Espero aún recibir algún mensaje en el teléfono donde me cuente el grupo que escuchó, el solista que enloqueció, la banda que contrató, el apodo del día o la locura de su gato por la mañana.

Supongo que eso se siente cuando pierdes a un amigo.

Así que cuando yo lo alcance, doquiera que esté, estoy seguro que al verme y yo al verlo, ahí, los dos, parados, o flotando, como energía, materia o lo que sea, bien muertos, pensaremos exáctamente lo mismo:

¡Lo volvimos a hacer!

Can you hear the drums Fernando?…

A corazón percutido

Por Jorge Daud

El mar caribe había entregado sus colores a la noche, y el viento llanero de noviembre mecía el mentón barbudo del director del Festival de Jazz de la Riviera Maya. Era casi media noche y caminábamos de ida y vuelta tras bambalinas. Al oído Fernando Toussaint, me repetía incrédulo y extático -“es lo más importante que he hecho en mi vida”-, mientras Wayne Shorter de 82 años blandía su saxofón cósmico ante miles de personas en trance meditabundo.

Me quedo con el cariño profundo de Fernando Toussaint por la gente de la música. Su cariño era crítico, discernidor e infatigable. Guardo sus abrazos completos, a veces de desolación en busca de regazo, a ratos de euforia y plenitud humana. Supo siempre contagiar a sus amigos de su fuerza vital y su amabilidad desinteresada. ¿Qué hicimos para merecer su amistad? ¿Cómo nos eligió para ser y hacer pandilla? No lo sé bien. Pero sospecho que puso atención en los bemoles de la vida, en esos medios tonos que crean puentes. Nunca le faltaron amigos, todos musicales, como una extensión de su propia familia: un Sacbé en formato de big band.

Comprendía, cual lobo viejo y astuto, su circunstancia como músico sazonado, productor de festivales, líder de banda y voz autorizada en la cultura nacional. Disfrutaba mucho de la conversación. No perdía el tiempo para expresar los pesares, los vituperios, los halagos, los asombros y el amor que sentía en cada faceta. Expresividad sin reversa. Parecía hiperbólico por instantes, cuando la pasión se apoderaba de él, pero no decía más de lo necesario. Un poco como su batería; hasta los silencios eran intensos. Sabía escuchar, asentir sonriente, acompañar en los argumentos y también romper el curso de las ideas para dar atención a las omisiones.

La visión y el discurso de Fernando, siempre fueron de unidad, reverencia a los grandes y apoyo a las nuevas generaciones. Vivía el jazz desde la conciencia de las luchas sociales contemporáneas. Lucio Cabañas inspiraba a su banda, Aguamala. Quizá sea éste el sino de la mayoría de los grandes jazzistas; romper con la conformidad de sus tiempos. Desdeñaba, por ende, el esnobismo de los políticos y cultureteros espontáneos. Tendríamos que haberlo visto martillar la batería acompañado de los músicos imberbes para entender la ternura en cada consejo, en cada pedazo de sabiduría (tal vez, esperanza) que les entregaba.

No es por todos sabido que Fernando fuera también un clavadista de competencia en sus mocedades. Ese mismo arrojo podría explicar las cumbres que conquistó al hacer en el país lo que nadie había hecho; el festival de jazz más importante de México. No hay otro así, en base a las figuras que presenta en el escenario, el profesionalismo de la producción y la hospitalidad que procura para el público y artistas. ¿Quien en el año 2000 podría haber imaginado que ocurriría en Playa del Carmen? Un trabajo que tomó más de una década de construcción y que este año celebraría su decimaquinta edición. Este es el obvio legado que nos deja, nuestro querido Fernando Toussaint. Ojalá que Quintana Roo y México sepan reclamarlo y dar el cuidado a esta obra que es suya y es nuestra.

¡Tu ahijado, The Jazz Foundation, te extrañará por siempre!

Comunión musical

Enrique Toussaint

En medio de este golpe devastador para mi familia y para mí de una manera muy personal, me quedan muchas emociones y un tremendo hueco. La pérdida de un segundo hermano y miembro de la familia, pero la pérdida de mucho más. La mayoría de mi vida, compartiendo todas las complejidades de una relación fraternal y de una conexión profunda en la búsqueda de una carrera dedicada a perseguir una manera sincera y honesta de expresarnos a través de la música. Siendo compañeros de ritmo en esa búsqueda.

A veces separados por las circunstancias de la vida, pero siempre en contacto y capaces de reanudar esa conexión como si el tiempo no hubiera pasado.

La parte etérea de esa conexión musical es muy difícil de articular verbalmente, pues va mucho más allá de las palabras. Los cuatro lo compartimos.

Tratando lo mejor que puedo para transmitir el sentimiento, puedo decir que era como navegar todas las variaciones de los movimientos del océano, como una entidad.

Fluyendo con ellos y reaccionando en una fracción de segundo.

Cuando éramos niños, Fernando, Eugenio y yo, que dormíamos en la misma habitación con nuestras camas tocándose la una a la otra, jugábamos tratando de hacernos mover un brazo o una pierna con el poder de nuestra mente. ¡A veces fuimos exitosos! Llevamos ese juego a nuestra comunión musical. Reaccionando el uno al otro como si pudiéramos anticipar lo que el otro haría. Provocaba carcajadas profundas, porque nos asombraba que sucediera. Compartimos tantos años, dedicándonos a nuestra banda Sacbé y a ser nosotros mismos, respetando los puntos fuertes de cada uno, lo cual trajo un elemento sagrado a lo que teníamos. Para nosotros tocar juntos era como jugar en el parque. Lo tratamos de una manera tan inocente e imaginativa como lo hicimos cuando jugamos como niños. Nos desafiábamos y nos apoyábamos respetando el espacio de cada uno cuando era nuestro turno de expresarnos individualmente. Estábamos extremadamente conscientes de todos los matices y los comparábamos con la vida y la conversación. Las notas eran tan importantes como el silencio. Tratamos de transmitir las experiencias de nuestras vidas y nuestro amor a través del lenguaje de la música. A fin de cuentas eso siempre fue lo que quisimos que fuera nuestro legado.

Fernando era un baterista increíblemente único. Para él, los tambores eran un vehículo para su expresión, pero no eran restrictivos de ninguna manera. Los utilizaba tanto como instrumentos melódicos, como instrumentos rítmicos. Él citaba melodías y partes de bajo tanto como mantenía el tiempo. Tenía una independencia increíble en sus extremidades.

Fernando vivió su vida plenamente y con todo lo que tenía. Invirtiéndose intensamente en todo lo que hacía. Era extremo en todos los sentidos. Se entregó plenamente con su amor y generosidad, compartió su pasión con todos los que pudo y lo hizo con la misma generosidad y amor. Vivía su vida como él la deseaba siempre.

Fuimos muy diferentes, pero compartimos un alma y nos respetamos plenamente, aunque a veces no estábamos de acuerdo.

Querido hermano, me siento tan bendecido por haber compartido tanta vida contigo. Gracias por ser mi compañero rítmico implacable (que nunca más volverá a serlo), mi amigo amoroso e incondicional siempre, por compartir esa mágica energía conectiva y ¡por tu increíble humor! Te amo y te extrañaré siempre. Vuela libremente con Eugenio. Por el momento me quedo con un increíble hueco, pero me reuniré con ustedes algún día para seguir jugando eternamente. 

El Fer, 1955 -2017

Óscar Sarquiz

Sólo huella tan nítida, honda e indeleble como la que deja tras su paso personaje tan complejo e irreductible como Fernando Toussaint puede sintetizar en tan pocos caracteres el grato y agridulce recuerdo de un músico brillante, productivo y seminal para quienes seguirán su luminosa senda. Entre tantos y lamentablemente numerosos decesos recientes de artistas mundiales y locales, acaso ninguno fulminó al ambiente musical mexicano tan notablemente como su reciente, inesperado fallecimiento. La pérdida es honda; la tristeza, palpable.

Dueño de curiosidad musical insaciable, sensibilidad capaz de acceder a los secretos de grandes ritmistas del mundo y creatividad tal que no facilita al escucha adjudicar cabalmente tales apadrinazgos, Fernando, como sus igualmente talentoso hermanos – Eugenio, que en gloria descansa; Enrique y Cecilia, quienes les sobreviven comprensiblemente atribulados- surgió ante nuestros oídos totalmente formado, pese a que recién llegaba a la mayoría de edad cuando los tres primeros surgieron ante el mundo como Sacbé: ese recto sendero blanco que les llevó a la prominencia y que él prolongó luego en otros proyectos como Palmera, su álbum solista y su proyecto Playense, Aguamala. Entre unos y otros, acumuló experiencia como confiable sideman y sesionero de Paul Anka, Miguel Bosé, Alejandro Sanz, Willie Colón, Armando Manzanero, Caifanes, Jaguares y Full Moon Jazz.

A Fer no le gustaba que le dijeran maestro. Acaso, intuyo, porque se consideraba con razón constante y asiduo alumno del aula sin fin que fue su vida. Seguramente por ello, lejos de contentarse con haber ascendido al pináculo de su instrumento, y tras estudiar producción audiovisual en la Universidad de Columbia, dejó atrás su urbe natal por un paraíso caribeño; y al descubrirlo culturalmente yermo se empeñó en construir en él con su propia credibilidad y no poca astucia, el floreciente Festival de Jazz de la Riviera Maya, reconocido como uno de los mejores del mundo entero.

Tremendo logro, pues quienes esa región hemos habitado sabemos que levantar un proyecto cultural de tales dimensiones en un resort vacacional donde el éxito se mide económicamente es labor Hercúlea, Diogenesca y Jobiana. Sólo él y sus socios saben todos los obstáculos, escollos y anécdotas de todo signo que fueron acumulando desde que en 2005 el recién nacido evento fue arrullado por cuatro vestales del jazz por venir: Iraida Noriega, Magos Herrera, Elizabeth Meza y su propia hermana Cecilia.

Fernando, a la cabeza de un creciente equipo contagiado de su entusiasmo visionario, abrió en Playa Mamitas inesperado escaparate por el que desfiló talento internacional del máximo calibre: George Benson, Tower of Power, Marcus Miller, Billy Cobham, David Sanborn, Earl Klugh, Herbie Hancock, el recientemente fallecido Al Jarreau, Pat Martino, Spyro Gyra, Gino Vanelli (a quien se allegó tras aceptar invitación impromptu a sustituír a su ausente percusionista, en pleno Festival de Jazz de Montreal), George Duke, Manhattan Transfer, Eddie Palmieri, Dave Weckl, Mike Stern, John McLaughlin, Al Di Meola, Yellowjackets, Richard Bona, Stanley Clarke, Randy Brecker, Jeff Lorber, John Scofield, Wayne Shorter, Level 42, Victor Wooten, Pete Escovedo, Earth Wind & Fire, Scott Henderson, Jeff Berlin, Frank Gambale, Chick Corea, Kenny Garrett, Pat Metheny, Steve Gadd, Antonio Sánchez, Blood Sweat & Tears, Allan Holdsworth, Sheila E y herederos como la Zawinul Legacy y Zappa Plays Zappa.

La lista, aunque incompleta, amenaza engullir el espacio, pero hay que mencionar la proyección que brindó ese escenario privilegiado a copioso y diverso talento local: Los Dorados, Héctor Infanzón, Pepe Morán, Enrique Nery, Paco Rosas, Fiusha Funk Band, Yekina Pavón, Eugenia León, Armando Manzanero, Natalia Lafourcade, Nortec, Celso Piña, Resorte, T’orus, Tío Gus y Pato Machete y otros se manifestaron en él gracias a su visión amplia e incluyente.

Fernando era perfeccionista en todo lo que le apasionaba, del jazz a la gastronomía. Basta escuchar con atención lo que plasmó con Sacbé, Palmera y Aguamala para constatar su inventiva, atención al detalle, matices, guiños sutiles que distinguen al artista del mero exhibicionista, y le garantizan trascendencia.

Misma esmerada y obsesiva dedicación conque se entregó a la curaduría, consecución, producción y post producción de sus sucesivos Festivales; ejercicios que, aunque crecientemente exitosos, deben haberle cobrado alto tributo físico en esa doblemente funambúlica actividad de producción de eventos culturales.

Al verle, sonriente como cuando fue joven, pelilargo y desfiante ‘Cherokee’, recientemente transmutado en sabio Lama de su adoptado hogar en Playa del Carmen, uno hubiese querido imaginarle como se merecía: hombre feliz, logrado y dedicado a gozar su placer por la música.

Pero quienes laboran en un paraíso lo hacen frecuentemente en el cuarto de máquinas, vedado al candor de los visitantes. La úlcera cuyo estallido truncó su vida permitiéndole apenas el más somero adiós es el precio que pagó por alcanzar memoria imperecedera como artífice de la pujante escena jazzística mexicana de nuestros días. 

¡Loor, Fer! ¡Resuena siempre!

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