Paisajes es el disco mas reciente del pianista mexicano Alex Mercado grabado a trío con el baterista Gabriel Puentes y el contrabajista Israel Cupich. Alex Mercado es un músico que sabe articular e interpretar en palabras lo que hace en música. Los terrenos que pisa están bien cimentados. No es tierra floja, sino terreno fértil de donde surgen paisajes que lo reflejan y donde es posible preguntarse si uno es el paisaje que ve o si es el paisaje el que nos transforma. Sus respuestas fueron giros y espirales tan interminables como los giros que le dio al café con la cuchara durante toda la entrevista.

“Paisajes viene como una respuesta al disco de Refraction en donde me volqué a un mundo más íntimo. Fue un disco a piano solo. La composición en Refraction fue muy introvertida. Tenía que conversar conmigo mismo para aterrizar las ideas musicales, a diferencia de los discos a trío en los que siempre estoy conversando con mis interlocutores. Siempre hay una retroalimentación de ideas. Es un diálogo continuo. En el disco de piano tuve que extraer todas las ideas a partir de mis propias experiencias, volcarme a un mundo interior. Por eso en este cuarto disco salgo a admirar y contemplar los paisajes, a obtener la inspiración de todo lo visual, salir de la introspección al mundo. Por primera vez siento que mi música es más extrovertida, más alegre, más positiva, más reflejando ese estímulo visual que, de primera instancia, percibo sin cuestionarlo ni reflexionar sobre él sino sólo recibirlo y reflejarlo en música. Es un disco más naturalista, quizá las composiciones son más narrativas. Cada una tiene contraste dentro de sí misma”. 

Con toda lucidez y claridad, Alex habla de cómo cambió su trabajo de composición en este disco:

“Esa es una evolución composicional. Antes las composiciones estaban basadas en la tradición del jazz -tema, solo, tema-, una forma más básica. Ahora son composiciones más elaboradas, más extendidas. Tiene una narrativa intrínseca. Es un disco más fácil de escuchar porque cada pieza es una historia en sí misma. Cuando hacemos un disco queremos dar contraste entre pieza y pieza. Ahora el contraste está dentro de la misma pieza. Las piezas tienen cierta homogeneidad porque están hechas en la misma época. Siempre compongo específicamente para el siguiente disco. Ya tenía la idea armada, pero una influencia fuerte fueron las giras que realicé el año pasado. La gira de Pueblos Mágicos, en particular, con Doug Beavers. Paisajes muestra este nuevo lado de mi personalidad, posición y lenguaje. Se fue dando mientras componía. Fue una reacción natural de estar yendo demasiado hacia dentro y mejor tratar de compaginar lo que está adentro con lo que está afuera. Estoy tratando de refractar toda esa luz de la realidad que percibo en sonidos, música y formas. Pero ahora de una manera más directa. Quizá sin tanta re interpretación de la realidad. Ahora es la imagen sonora, nítida de lo que estoy percibiendo”.

Eres un músico que comparte sus reflexiones de manera escrita, que en el próximo mes de agosto saldrá tu libro, háblanos de esa relación indisoluble que tienes con la música y la palabra:

“La necesidad de expresarme con la palabra surge de la profundidad que estoy buscando en la expresión con la música y de la asociación que tiene ésta con todo lo demás. Ese mismo intento de asociar la música con la física, con la biología, hace que también lo asocie con la palabra y que sea una vertiente más de expresión. Trato de vivir en el país de la música, de escucharla todo el tiempo, de asimilarla como si fuera un lenguaje, de ver la sintaxis que tiene, la semántica, las similitudes que tiene con el lenguaje hablado, el fraseo ideal. En la música se tendría que emular al fraseo improvisado que ejercemos al hablar. Esa elocuencia que tenemos todos al hablar estoy tratando de pasarla a la música. Considero que no existe y que se practica muy poco porque la música se enseña totalmente al revés. No se enseña como un lenguaje, se enseña como una profesión, como un oficio. El lenguaje lo asimilamos sin maestro, sin ejercicios y sin técnica y dando mucha más importancia a lo que se tiene qué decir y no al cómo se tiene que decir. Hay una disolución absoluta entre el instrumento y el lenguaje. Tan es así que tenemos gente que toca y no habla. Somos lo que escuchamos. Hay un condicionamiento que nos impone a hablar el lenguaje que escuchamos. Si la música es un lenguaje, entonces no es una profesión. La mente se empecina y catalogar la música en estilos. Eso es quedarse en la silueta y el disfraz. Si trasciendes eso te das cuenta que un átomo de Bach y un átomo de Parker es exactamente lo mismo. Todo es frase. Todo es discurso. Todo es decir algo. Todo es comunicar. Y en ese sentido la música y la palabra es lo mismo”.

Improvisar en la música como improvisamos al hablar, con esa elocuencia y naturalidad…

“Una de las características del lenguaje es la improvisación. Nada de lo que decimos está previamente planeado. Hablar es improvisación. Es combinar elementos, palabras, sonidos con el objetivo de expresar una idea. Y los músicos no están improvisando. Todos estamos convencidos de que la música es un lenguaje y se ha convertido en un cliché, pero nadie lo aprende como tal, que es escuchando. Porque no se lleva al plano de la improvisación y del entendimiento y de la expresión de ese lenguaje. Se debe entender la música antes de hablarla. Cómo puede haber una interlocución en los músicos de jazz si no se entiende lo que se está diciendo. La música se ha vuelto un rol, como en la sociedad. El bajista camina, el baterista swinguea, el pianista acompaña, la cantante canta, pero nadie escucha en realidad. Todo el mundo cumple su rol. Entonces no puede haber una conversación como la que estamos teniendo ahorita. Porque lo más importante es que tú me entiendes lo que estoy diciendo y tú vas a responder de acuerdo a eso. En la música no sucede así. Se toca como una textura que cumple una sonoridad específica, el jazz suena a jazz, el latin suena a latin, el rock a rock. Pero la música puede ser mucho más que eso. Aunque en este mundo no es así. Lo que yo planteo es algo radical, cambiar la mentalidad de los músicos y de la gente. Empezar con nuevas generaciones. No podemos improvisar porque tenemos que pensar en la regla y en el sustantivo, el adjetivo para poder decir algo y se vuelve un proceso más artificial por eso la música no tiene el impacto que podría tener”.

Y la manera como se ve la educación musical no tiene que ver con esto:

“Se le ha asignado a la música una cualidad de subjetividad, pero la música también es un lenguaje concreto, es decir, tiene frecuencias, notas, ritmos que son matemáticas. Cuando llega la escuela le quita esa cualidad natural a la música. El folclor es el mejor ejemplo de alguien que no sabe qué está haciendo y lo hace y lo siente muy bien y la gente lo recibe muy bien. Es natural y real. Pero la música se pasa al plan de la academia y de las salas de concierto y se vuelve seria y compleja. Se vuelve como una fachada de lo que realmente es la música. En una orquesta, por ejemplo, los músicos no hablan el lenguaje de la música, sólo lo interpretan, pero no dicen sus historias, no dicen lo que sienten. Están contratados para decir lo que sintió Beethoven, Mozart, que a parte eso no satisface las necesidades de esta época, pero en lugar de repetirla, tendríamos que emular al genio que la provocó. La sociedad tendría que emular ese proceso. Tendría que haber genios que generen sus propias ideas, que se expresen, que cuestionen el modelo de la sociedad para que creen nuevos modelos de sociedad. El genio no es resultado de una coincidencia sino de un contexto que te forma y te forja. No tienes que seguir siendo tú mismo o  lo que el sistema te orilló a que fueras. Puedes elegir ahora mismo un nuevo concepto para aprender y convertirte en otra cosa. Si vas a vivir de eso o no es otra cosa, pero a lo mejor el mundo necesita saber qué sientes, cuales son tus historias, pero es curioso cómo la humanidad delega ese trabajo a los artistas y leemos sus libros y vamos a sus conciertos y los idolatramos. Estamos condicionados a que el conocimiento está depositado en un maestro, en una escuela y que si no te lo da, tú no lo puedes obtener”.

Escuchar Paisajes de Alex Mercado es detenerse a observar ese territorio cambiante. Es tener la posibilidad de ser el observador y también convertirse en el paisaje que escuchamos y ser del tamaño de lo que uno escucha. 

“Yo invito a la gente a que perciba la totalidad de ese paisaje, a que bosqueje ese paisaje con la mirada, de ahí la frase y que se funda con ese paisaje que otro ser va a contemplar. Nosotros somos parte de ese paisaje, no sólo somos observadores o preceptores del paisaje sino que formamos parte del paisaje que otra persona va a encuadrar, va a percibir y a asimilar”.

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